Tantra: Sexo y espiritualidad

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Observo desde hace algún tiempo que la sexualidad tántrica parece estar “de moda”: “viva la nueva sexualidad”, “el camino hacia el éxtasis a través del Tantra” y otras frases similares inundan los medios de comunicación. Pero ¿qué hay adentro de ellas?

La energía sexual es la fuente y el motor de la vida. Experimentar la sexualidad desde una perspectiva espiritual consiste en una forma distinta de vivir, en un nivel de percepción más elevado. Es muy difícil vivir ansiosos, apurados y pretender que el sexo sea sereno, consciente y pleno. Podríamos comparar el sexo convencional y la experiencia espiritual con la diferencia entre la comida rápida y una cena en un restaurante de alto nivel.

 

Experimentar el sexo desde esta perspectiva es abrir la vivencia al presente: destapar los poros y, sobre todo, apagar la cabeza. Despertar a los mensajes del cuerpo a través de los sentidos, percibir las sensaciones dentro de los límites de la piel. Disfrutar caricias, miradas, aromas, sin prisa ni ansiedad, con la energía aquí y ahora; entregarse al contacto con otra persona en un espacio donde predomina el amor, lo cual no significa que esta coincidencia en el tiempo y el espacio tenga que ser eterna. No es necesario, para tener un encuentro sexual amoroso, que ambas personas sean respectivamente “el amor de su vida”; es posible encontrarse, disfrutarse y trascender el momento a través del amor. Pero hay que tomar en cuenta que uno de los componentes del amor es el conocimiento, tanto de sí mismo/a como del otro y por eso suele requerirse un tiempo de acoplamiento para lograr la armonía.

En el encuentro sexual dos personas se escuchan cuidadosamente y con todo su cuerpo a sí mismas y los mensajes del otro y sus personalidades se diluyen en una vivencia de energía pura. Hacer el amor desde lo espiritual difiere de la forma habitual: no solamente introduce a los amantes en un valle de placer muy profundo; además empieza a circular (por los centros energéticos que se estimulan) una corriente de energía que recorre el cuerpo y despierta sensaciones vibrantes que permiten trascender la limitación de los cuerpos, propio y ajeno y convierten a la pareja en una unidad, suspendida en un instante de espacio-tiempo-energía. La energía masculina y femenina surgen e interactúan sutilmente, pero sobre todo se rescatan valores que suelen asociarse con lo femenino, como la ternura, la receptividad, el contacto emocional y el cuidado. Arquetípicamente, el cuerpo se relaciona con lo femenino y la mente se asocia con lo masculino.

 

La experiencia tántrica (que no se reduce al ámbito sexual) consiste en apropiarse plenamente del cuerpo y encontrarse, primero consigo mismo/a y luego con la otra persona, desde el respirar, el fluir en un ritmo cadencioso y armónico, donde no hay exigencias ni actividad mental, sino placer y entrega a la vibración. La respiración consciente es una de las claves de esta práctica. Respirar es vivir. El cuerpo respira no solamente por la nariz sino a través de todos los poros. En el ritual sexual, los genitales son sólo uno de los puntos de contacto. Esta estimulación recíproca enciende la llama primordial de la kundalini, que surge en el periné (entre el ano y los genitales), sube en espiral por la columna vertebral y despierta los centros de energía que se encuentran en ella. Esta fuerte vibración, la excitación, invade en oleadas todo el cuerpo y convierte el encuentro en una experiencia consciente y de unión. Una de las características más publicitadas del sexo tántrico es la postergación de la eyaculación masculina para profundizar el tiempo y las sensaciones de placer.

 

No se trata de una exigencia ni de evitar el orgasmo del varón. Todo lo contrario. Esta propuesta tiene dos objetivos fundamentales: 1º, prolongar la erección para que las sensaciones y la vibración se hagan cada vez más profundas y expansivas. 2º, permitir un encuentro más largo que facilite la excitación y el orgasmo femeninos. Para esto, es clave que el varón esté muy relajado y consciente de sus sensaciones para reducir la intensidad de los movimientos (a veces hasta la detención total por unos instantes) en el momento de la sensación de inevitabilidad que precede al orgasmo. Esta práctica conducirá paulatinamente a un aumento de la sensibilidad y el placer que acompañan al clímax. Para la mujer, el abandonarse al movimiento rítmico y fluido, que no se corta porque su compañero “termina”, inunda cada milímetro del cuerpo y genera orgasmos cada vez más intensos. El cuidado, el respeto, la comunicación, el conocimiento del cuerpo y las necesidades del/la compañero/a irán construyendo una burbuja de comunión entre los amantes que transforma el encuentro sexual en una experiencia deliciosa y plena, que trasciende una mera gimnasia donde un par de genitales ejercitan sus músculos.

 

por verokenigstein ( VOZalMundo.com)

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